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Buenos días a tod@s.

Hoy os traigo un breve artículo (¡es cierto!), sobre la problemática de las trampas para ciclistas en el campo. Fue publicado ayer en la revista especializada Sport Seguridad AC, enfocada a la seguridad y la prevención de la violencia en el deporte, y que dirige el criminólogo canario Javier Raluy.

Por otro lado, me gustaría explicar de forma un poco más personal el porqué me parece tan importante este tema, pero básicamente, a principios de 2015, cuando apenas estaba empezando mi andadura junto al equipo de criminólogos de DACRIM, surgió la idea de intentar sacar adelante un proyecto de prevención que estuviera enfocado al ámbito situacional. Por azares del destino llegó a mis oídos una interesante entrevista radiofónica en la que se hablaba de las trampas para ciclistas y motoristas de montaña, y así es como contactamos con IMBA (Asociación Internacional del Ciclismo de Montaña) y nos pusimos manos a la obra para realizar un mapa de puntos negros de este tipo de trampas.

También elaboramos una breve guía de actuación acerca de qué hacer ante una trampa de este tipo en el campo, especialmente si la Guardia Civil no acude en el momento o no hay posibilidad de contactar.

Si bien avanzamos muy despacio porque conseguir la información que requerimos no es fácil, hace poco nuestro proyecto apareció en el número 2.083 de la revista Interviú (abril de 2016) -que a nivel nacional es una de las más leídas-, por lo que creemos que está empezando a haber más atención e información sobre este problema. Sin duda, todo esto nos supone un ‘empujón’ para seguir luchando por nuestro proyecto.

No sé hasta qué punto este fenómeno se da también en otros países, pero me gustaría saber si es así, y qué medidas se han adoptado para combatir sus efectos (si es que se han adoptado medidas, claro…) Os dejo con el artículo.

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Hace ya más de una década que en nuestros campos y bosques no solo cohabitan especies autóctonas de flora y fauna, sino también elementos colocados con la intención de dañar y/o disuadir a ciclistas y motoristas de montaña de frecuentar sus caminos.

Se trata de trampas colocadas estratégicamente para reventar los neumáticos de bicicletas o motos, aunque otras parecen estar hechas para herir de manera directa a su conductor, como ocurrió en el caso de un ciclista gallego que quedó tetrapléjico en 2014, al toparse con una roca de grandes dimensiones, colocada tras una rampa de salto.

Estos artefactos peligrosos pueden ser elementos naturales como piedras, ramas o incluso árboles jóvenes que se colocan en los caminos, o elementos artificiales como maderos con clavos que se entierran para camuflarlos, o cables o alambres de espino colocados a la altura del cuello.

Aunque la forma y el funcionamiento de las trampas es variado, la motivación que existe detrás de su colocación no deja lugar a demasiadas dudas, ya que en muchos casos, la intención de dañar resulta muy evidente.

Una práctica todavía habitual de algunos ganaderos, consiste en colocar alambres de espino o cables para evitar el paso del ganado, pero el hecho de no prever un posible daño personal sumado a una señalización nula del elemento, hace que la intencionalidad de estas prácticas no esté tan clara en determinados casos, como el del pasado verano de 2015, cuando un ciclista murió en Cantabria tras chocar contra un cable de acero colocado entre dos árboles.

Si bien el fenómeno de las trampas en el campo lleva produciéndose en nuestro país desde hace algo más de una década, su número y complejidad ha aumentado en los últimos años. Dado que no existen cifras oficiales al respecto, y las denuncias no son una práctica frecuente, resulta muy complicado ofrecer datos objetivos al respecto, así como estudiar el tema desde un punto de vista científico.

No obstante, y pese a las citadas dificultades, el equipo de criminólogos de DACRIM, un despacho situado en Madrid, decidió embarcarse a principios de 2015 en la creación de un mapa de puntos negros de las trampas situadas en el campo. Para ello, ha contado desde entonces con la inestimable ayuda de IMBA (Asociación Internacional de Ciclismo de Montaña), y como colofón de este proyecto, el citado equipo también se encarga de ofrecer difusión y concienciación acerca de esta problemática, así como información práctica desde un punto de vista criminológico. Estos objetivos les han llevado a asesorar sobre el tema a revistas como ‘Bikes World’ (octubre de 2015) o ‘Interviú’ (abril de 2016), así como a confeccionar un pequeño protocolo de actuación frente a estas trampas (febrero de 2015).

Entonces, ¿hay algo que se pueda hacer para reducir las consecuencias de este fenómeno? La respuesta es sí, y básicamente requiere la actuación de los principales afectados, que no solo pueden ser ciclistas o motoristas de montaña, sino también senderistas, personas que realicen rutas ecuestres… en realidad cualquiera que se interne en el bosque o el campo se convierte en víctima potencial de este tipo de trampas, y aunque respetar las propiedades privadas es el deber de todos, necesitamos una señalización correcta y bien visible para poder hacerlo. Ante una trampa, lo más importante es denunciar, tanto si hemos resultado dañados por ella como si no, y si la Guardia Civil no acude o no tenemos posibilidad de contactar con ellos, es recomendable intentar señalizarla de alguna forma, o incluso retirarla, eso sí, siempre dentro de los límites de la prudencia y siempre y cuando esto no vaya en contra de nuestra integridad física.

El protocolo de actuación propuesto por los criminólogos de DACRIM incluye una pauta basada en algo tan sencillo como llevar, siempre que vayamos al campo, un trozo de lana roja, o en su defecto, un cordel ligero y de tamaño y color notables, que podamos atar en un cable o alambre de espino para señalizarlo.

Por otro lado, y respecto a las citadas denuncias, son esenciales si queremos que se abra una investigación oficial, pero además, con ellas estamos colaborando en la prevención de este fenómeno, ya que las personas que colocan las trampas se lo pensarán dos veces a la hora de volver a colocarlas si se sienten vigilados o si saben que ya no pueden volver a determinadas zonas.

En términos criminológicos, existe lo que se llama ‘distancia de decaimiento’ (Brantinghan y Brantinghan, 1984), un concepto que alude al beneficio del criminal, que se va reduciendo cuanto más tiene que alejarse de su lugar de residencia para delinquir; simplemente llega un momento en el que el esfuerzo por alejarse de su vivienda es mayor que la recompensa que va a obtener por el hecho de cometer la infracción o delito que se propuso. Esto mismo puede aplicarse a ciertos casos de trampas encontradas alrededor de un pueblo o pequeño municipio, ya que es muy probable que allí residan los responsables de su colocación. La premisa en este caso, es que si esas personas sienten que ya no pueden colocar trampas en una determinada zona por estar más vigilada, constar denuncias o aparecer como ‘punto negro’ a ojos de muchos usuarios, tarde o temprano se verán forzados a desplazar su actividad, lo que conlleva más esfuerzo y también más riesgo.

Por otro lado, ofrecer información sobre trampas que hayamos encontrado a asociaciones de ciclismo o motorismo de montaña es vital, ya que podemos ayudar a otros usuarios a planificar sus rutas o a ser más precavidos en determinados puntos. A este respecto cabe destacar la necesidad de establecer protocolos de actuación tanto para las víctimas como para los ciclistas y motoristas, y convenios de colaboración que ayuden a difundir información práctica y veraz sobre este fenómeno.

Teniendo en cuenta la dificultad que entraña el hecho de enfrentarnos a un ‘enemigo invisible’ que puede actuar con nocturnidad a la hora de colocar las trampas o en un entorno que conoce mejor que nosotros, la colaboración, comunicación, y unión de los afectados y posibles afectados resulta muy importante para frenar este problema.

Por lo tanto, denunciar, señalar, e informar, es tarea de todos los que disfrutamos de los entornos naturales y queremos seguir haciéndolo.

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