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Para terminar esta semana me gustaría dedicarle una entrada al señor Takayama para la serie ‘Personajes’, porque comencé hablando de Teichmann y tenía pendiente a Takayama desde aquél primer post.

El caso es que este personaje me ha dado problemas porque no había forma de averiguar su nombre (Takayama es su apellido) ni una foto; consulté bibliografía, realicé búsquedas en Google en inglés, alemán y hasta en japonés ayudándome de un traductor, y leí todo lo posible sobre ciencias forenses en Japón, pero todo el mundo se refería a él simplemente como Takayama.

Hoy por fin he encontrado una foto suya (creo que la única que hay por la red) y he descubierto que se llamaba Masaeo Takayama 🙂 (aquí una de las fuentes).

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Masaeo Takayama es conocido en el mundo de las ciencias forenses por la ‘reacción de Takayama’. Si bien no se sabe mucho de su vida, el 25 de agosto del año 1912 realizó una importante aportación al campo de la Criminalística con un artículo publicado en Japón, concretamente en la Kokka Igakkai Zasshi (que traducido es algo así como ‘National Journal of Forensic Science’).

No obstante, debido a la ‘desconexión’ existente en aquella época entre las ciencias forenses occidentales y orientales, el descubrimiento de Takayama no se conoció en Europa hasta 1922, cuando se publicó el paper del químico alemán Fritz Strassmann. No se sabe con certeza si la teoría de Takayama se introdujo en Europa a través de Alemania, pero el científico japonés había visitado el país a principios del siglo XX (antes de realizar su publicación).

Uno de los alumnos del propio Takayama, un tal Profesor Fujiwara, estuvo en Europa entre 1920 y 1923, y el propio Strassmann contactó con él porque estaba muy interesado en aprender cómo funcionaba el reactivo de Takayama.

Por lo visto, Takayama desarrolló dos versiones de su famoso reactivo:

– La primera versión necesitaba calentarse un poco para obtener mejores resultados, y contenía: 10% Dextrosa (5 ml), 10% NaOH (hidróxido de sodio, 10 ml), piridina (de 10 a 20 ml) y agua (de 65 a 75 ml).

– La segunda solución, era una versión mejorada de la primera porque no necesitaba calor, y contenía: una solución de Dextrosa saturada (3 ml), 10% NaOH (hidróxido de sodio, 3ml), piridina (3 ml) y agua (7 ml).

Este reactivo se usa para detectar sangre y se considera un ‘test confirmatorio’, es decir, si se aplica con resultado positivo, podemos decir con seguridad que hay sangre en la muestra analizada.

Para que funcione bien es importante que el reactivo no tenga más de dos meses, aunque hay algunos estudios que dicen que todavía se pueden obtener resultados pasado este tiempo… aún así lo recomendable es preparar el reactivo justo antes de usarlo, porque de esa forma también actúa más rápido (aunque las muestras antiguas pueden llevar un poco más de tiempo).

Usar el reactivo es bastante sencillo: imaginemos que tenemos una mancha completamente seca de un líquido pardo y no sabemos si es sangre. Para usar el reactivo sobre ella, primero hay que rascarla un poco para obtener una muestra; cuanto más pequeña sea, mejor actuará la solución, y de hecho se recomienda que sea del tamaño de la cabeza de un alfiler. Cuando la tengamos, se deposita con mucho cuidado en un portamuestras de cristal y se coloca bajo el microscopio (evidentemente, el resultado del reactivo no se debe comprobar a simple vista). Se pone una gota del reactivo sobre la muestra y se tapa con otro portamuestras para que la gota que contiene la muestra quede aislada para su observación. Es mejor que la gota sea pequeña, porque si se pone mucha cantidad, el portamuestras que se usa de tapa puede ‘flotar’ encima o desbordar por los lados la solución.

Si la muestra de sangre es relativamente reciente, el reactivo tardará menos de cinco minutos en actuar, pero de todas formas se recomienda dejarlo bajo el microscopio durante unas horas para descartar falsos negativos (también hay que ser paciente con las muestras más viejas). Lo que ocurre si la mancha es de sangre o la contiene, es que se forman unos cristalitos microscópicos de color rosado, conocidos como ‘cristales de Takayama’. Son muy característicos porque son planos, con forma romboide y su color varía entre el rosa claro y el rosa-salmón. De todos modos, dependiendo de la muestra, algunos cristales pueden presentar una cierta curvatura y tener los bordes más afilados.

A Takayama le ocurrió igual que a Teichmann: a raiz de su descubrimiento, no sólo la técnica fue bautizada con su apellido, sino que también se denominan Takayama los cristales y el reactivo en sí.

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Tengo todavía la bolsa con los papelitos para ir haciendo ‘sorteo’ e ir sacando al azar nombres de personajes de relevancia en el mundo de la Criminología o la Criminalística; iré añadiendo nuevos para que haya más variedad dentro de poco 🙂

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